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Las Pirámides de Guiza

De todos los edificios del planeta Tierra, de todas las construcciones que están o han estado en pie, solo hay una que ha sido admirada y contemplada con asombro y duda durante más de 4000 años. El edificio más magnífico que ha aguantado guerras, desastres, ventiscas de arena, lluvia y el paso de siglos y siglos convirtiéndose en algo eterno, un símbolo a la altura de un dios, una obra impregnada de magia que ha inspirado por igual a poetas y militares.

Desde el centro de El Cairo se adivina el perfil de las pirámides situadas en la meseta de Guiza, silueta tenue en un cielo pesado de tanto calor y contaminado por el humo de los coches. En la ciudadela de Saladino, situada un nivel por encima del resto de la ciudad, se disfruta de la vista fantasmagórica de las pirámides que aparecen como un espejismo del pasado. Para llegar a ellas hay que conducir unos kilómetros, trayecto que sirve para dejar atrás las casas y aproximarse a las puertas del desierto. Allí la Gran Pirámide brilla bajo el intenso sol y a pesar de haber perdido el dorado en su cúpula nadie duda que se trata de una construcción que empequeñece a cualquier mortal. La colocación de las piedras, sin su recubrimiento original, asemeja una escalera por la que se podría trepar al cielo, una autopista imaginaria que conecta tierra y paraiso. Con los pies en el suelo, la policía turística vestida de blanco vigila que todo siga en orden mientras los visitantes hacen cola para adentrarse en el templo egipcio.

La magnitud de la Gran Pirámide es evidente (fue el edificio más alto del mundo durante muchos muchos años, hasta la inauguración de la Torre Eiffel en 1889) pero su construcción, en torno al 2550 a.C, esconde muchos misterios. Para empezar, como señala el egiptólogo Bill Manley, la distribución interna no se asemeja con ningún otro monumento real egipcio al contener tres cámaras a distintos niveles comunicadas por pasadizos. La más baja, situada a 30 metros bajo el nivel del suelo, ni siquiera se acabó. La segunda de ellas es la llamada “Cámara de la Reina” y por encima de ella se encuentra la Cámara del Rey a la que se accede a través de una galería amplia y construida cuidadosamente. Pero no solo eso sino que la Pirámide, de 146 metros de alto y 230 metros de lado, está orientada con total precisión hacia los puntos cardinales (esta es una característica común de todas estas construcciones funerarias aunque las más precisas fueron las realizadas durante la Dinastía IV.) Además las estrellas sirvieron como guías ya que las pirámides de Guiza están alineadas con algunas constelaciones. Se han encontrado textos  en las pirámides que hacían referencia a que el rey no puede morir porque se trata de una estrella imperecedera. Aunque a los ojos de los visitantes este no es un rasgo que se pueda apreciar sorprende los conocimientos de los antiguos egipcios que, según la teoría del ingeniero egipcio Robert Bauval, incluso orientaron los pasadizos de la Gran Pirámide hacia la culminación de ciertas estrellas.

Con este capítulo damos por concluido el especial Maravillas del Mundo. Las Pirámides de Guiza, diseñadas para que el recuerdo de los faraones Keops, Kefrén y Micerinos perdurase en el tiempo, son el único vestigio de los siete prodigiosos monumentos que alumbraron el mundo antiguo. Es difícil comprender el significado del conjunto hasta que no te encuentras frente a frente con esas piedras y desciendes por los angostos túneles que dan acceso a algunas de las cámaras abiertas a los turistas. Solo en ese momento uno se da cuenta de que se halla ante el edificio más magnífico de todos los que se han construido sobre la faz de la Tierra.

Fuentes: Manley, Bill “Los setenta grandes misterios del Antiguo Egipto” Londres 2003. Círculo de Lectores S.A
Maravillas del Mundo” Barcelona 1981. Salvat editores S.A

Ubicación geográfica (punto VII)

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